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Salvar al protagonista

 


Durante mucho tiempo, en el camino espiritual, suele aparecer una confusión sutil pero persistente: la idea de que el despertar consiste en cambiar el mundo, corregir el sueño, iluminar a los demás o incluso destruir la ilusión. Sin embargo, cuanto más profundo se vuelve el proceso, más clara aparece otra comprensión: no es el mundo el que tiene que despertar, sino el protagonista que cree ser real dentro de él.

Este artículo nace de esa intuición.

El sueño y el protagonista

Imaginemos la experiencia humana como un sueño. Un sueño extraordinariamente coherente, compartido, persistente. Dentro de ese sueño hay un personaje central: yo. Ese personaje tiene una historia, un cuerpo, una biografía, conflictos, deseos, miedos, búsquedas espirituales y preguntas existenciales. Desde su punto de vista, todo parece real.

Pero el protagonista no es el soñador.

El soñador —el Ser, la Conciencia, el Espíritu— permanece intacto, completo y a salvo. No está perdido ni dormido. Quien parece estar dormido es el personaje, el yo psicológico que se cree separado, vulnerable y carente.

Por eso, el verdadero giro espiritual no consiste en despertar al soñador, sino en rescatar al protagonista del sueño.

El error de querer despertar al mundo

Desde el punto de vista del personaje, surge un impulso comprensible: intentar arreglar el mundo, salvar a los demás personajes, corregir el guion del sueño. Pero ese intento suele estar cargado de frustración, juicio y lucha.

¿Por qué?

Porque el mundo del sueño no es el problema.

El conflicto no está en lo que aparece, sino en la identificación absoluta del protagonista con su papel. Mientras el personaje crea que es eso —un cuerpo separado en un mundo amenazante—, seguirá soñando, aun cuando hable de espiritualidad, amor o despertar.

Despertar no es huir del sueño ni negarlo. Tampoco es iluminar al resto del elenco.

Despertar es que el protagonista recuerde quién no es.

Salvar al protagonista

¿Y qué significa “salvar al protagonista”?

No significa hacerlo perfecto. No significa volverlo invulnerable. No significa darle un destino mejor dentro del sueño.

Salvar al protagonista es algo mucho más simple y, a la vez, radical:

Es permitirle dejar de cargar con una identidad que nunca fue real.

El protagonista no necesita ser castigado ni eliminado. Necesita ser abrazado y comprendido. Su error no fue existir, sino creerse separado del Amor que lo sostiene.

Aquí aparece una revelación clave:

El amor es lo único real incluso dentro del sueño.

No como emoción, no como apego, sino como Presencia que no juzga al personaje por haberse olvidado.

Despertar desde dentro del sueño

El despertar auténtico no ocurre “fuera” del sueño, porque el personaje no puede salir de él por sus propios medios. Ocurre dentro, cuando el protagonista deja de tomarse literalmente.

Es un despertar paradójico:

  • El mundo sigue apareciendo.
  • El personaje sigue actuando.
  • Las escenas continúan.

Pero algo esencial cambia: ya no hay identificación total.

El protagonista empieza a vivir como personaje, pero recordando —aunque sea vagamente— que no es la fuente de su existencia.

Y en ese recuerdo, el miedo pierde autoridad.

El verdadero llamado al despertar

Muchas tradiciones hablan de “despertar”, pero pocas aclaran quién es el que debe hacerlo.

No es el Ser. No es Dios. No es la Conciencia.

Es el personaje que cree estar solo.

Ese es el único que puede escuchar el llamado.

Y ese llamado no grita ni exige. Susurra:

“No tenés que salvar el mundo. No tenés que despertar a nadie. Solo tenés que dejar de confundirte con quien creíste ser.”

Epílogo: cuando el protagonista descansa

Cuando el protagonista deja de luchar por despertar al mundo, algo se acomoda solo.

El sueño se vuelve más liviano. Las escenas pierden dramatismo. El amor deja de ser una meta y se vuelve el trasfondo.

No porque el sueño haya cambiado, sino porque el protagonista fue salvado de una identidad imposible de sostener.

Y en ese descanso, sin esfuerzo ni épica, ocurre lo único que siempre estuvo ocurriendo:

La Verdad se reconoce a Sí misma, incluso mientras el sueño continúa.

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