Hallar

Acorralando la verdad

 


Hay una comprensión que llega a un punto en el que las palabras comienzan a fallar. No porque sean pobres, sino porque han cumplido su función. La verdad —si es que podemos seguir usando esa palabra— no se deja explicar, no se deja enseñar, no se deja encerrar en conceptos. Solo se revela. Y esa revelación no ocurre en el plano del pensamiento, sino en el de la visión.

Este texto no intenta explicar la verdad. Sería un contrasentido. Lo que intenta es acorralarla.

Acorralarla no para capturarla, sino para dejarla sin escapatoria conceptual. Para que, al quedar sin refugio en las explicaciones, solo quede la posibilidad de verla.

La verdad no se enseña

Todas las grandes tradiciones espirituales convergen, tarde o temprano, en esta afirmación incómoda: la verdad no puede transmitirse como un conocimiento más. No se aprende, no se acumula, no se memoriza. Un Curso de Milagros lo dice con claridad radical: la verdad es verdadera, y nada más lo es. No se trata de agregar algo nuevo a la mente, sino de retirar lo falso.

Un Curso de Amor va incluso más lejos y señala que el intento de entender la verdad desde el pensamiento es parte del mismo movimiento que la oculta. La mente analítica, tan útil para sobrevivir en el mundo, es incapaz de conocer aquello que no pertenece al mundo.

Y La Vía de la Maestría insiste una y otra vez: no hay nada que alcanzar, porque lo que buscas ya está aquí. El problema no es la distancia, sino la interferencia.

Si la verdad pudiera enseñarse, alguien ya lo habría logrado de manera definitiva. Si pudiera explicarse, existiría una fórmula, un método, una doctrina incuestionable. Pero no la hay.

Ver no es entender

Aquí aparece una distinción clave: ver no es entender.

Entender implica comparar, analizar, relacionar ideas. Ver implica reconocer. Es inmediato. No necesita mediación. Cuando ves algo con claridad, no necesitas que alguien te lo explique.

Por eso la verdad no se explica, pero se reconoce.

La aceptación nace exactamente ahí. No como resignación, sino como el cese del esfuerzo inútil por comprender con la mente lo que solo puede ser visto desde otro lugar. Aceptar no es bajar los brazos; es dejar de pelear contra lo evidente.

El cerco de las palabras

Paradójicamente, aunque las palabras no puedan explicar la verdad, sí pueden rodearla.

Las distintas corrientes espirituales, filosóficas, psicológicas y científicas no definen la verdad, pero trazan un perímetro. Cada una aporta una arista, una aproximación, un gesto que apunta en la misma dirección.

La física cuántica, por ejemplo, ha dinamitado la idea de un observador separado del fenómeno observado. El acto de observar modifica lo observado. La realidad no es algo fijo “ahí afuera”. Esta sola idea ya pone en crisis la noción clásica de un yo separado del mundo.

La psicología profunda, desde Jung hasta corrientes contemporáneas, ha señalado que gran parte de lo que creemos ser es una construcción, una narrativa funcional, pero no esencial. El yo que defendemos con tanto empeño es, en gran medida, un personaje.

La filosofía no dual, presente tanto en Oriente como en Occidente, afirma lo mismo con otras palabras: no hay dos. No hay sujeto y objeto separados. La separación es conceptual, no real.

Cada una de estas miradas no atrapa la verdad, pero la empuja contra las cuerdas.

Cuando todas las vías coinciden

Lo interesante ocurre cuando observamos que todas estas corrientes, pese a sus diferencias de lenguaje y contexto, convergen.

No coinciden en las palabras.

Coinciden en el silencio al que conducen.

Coinciden en señalar que el sufrimiento nace de la identificación con lo falso.

Coinciden en afirmar que lo que buscamos no está en el tiempo ni en el futuro.

Coinciden en que la liberación no es un logro personal.

Ese punto de convergencia es donde la verdad queda acorralada. Ya no puede esconderse detrás de una explicación alternativa. Ya no puede ser desplazada por una nueva teoría. Solo queda frente a nosotros.

La revelación

La revelación no puede describirse sin traicionarse.

No es algo pequeño ni algo grandioso en los términos habituales de la mente. No es un espectáculo, pero tampoco es algo menor. Es una experiencia de claridad y completitud que va más allá de cualquier emoción conocida y, al mismo tiempo, las incluye a todas sin quedar atrapada en ninguna.

Cuando ocurre, no deja dudas. No necesita adornos ni dramatismo, porque su peso no proviene de la intensidad, sino de la evidencia. Hay una sensación profunda de reconocimiento, de recuerdo, de asentamiento interno que no depende de palabras ni puede sostenerse en ellas.

No se la puede exagerar ni minimizar. Ambas cosas pertenecen al lenguaje, y la revelación ocurre antes de él.

Y aquí ocurre algo fundamental: una vez vista, la verdad no necesita ser defendida. No necesita ser predicada. No necesita convencer a nadie. Porque no es una idea.

El rol de las palabras

Entonces, ¿para qué escribir? ¿Para qué hablar? ¿Para qué citar cursos, maestros, científicos o filósofos?

Porque las palabras pueden despejar el camino.

Pueden desarmar los obstáculos.

Pueden mostrar las trampas del ego espiritual.

Pueden señalar lo que no es.

No revelan la verdad, pero crean el espacio para que la visión ocurra.

Eso es acorralar la verdad: no capturarla, sino dejarla sin escapatoria conceptual, hasta que solo quede la posibilidad de verla.

El último paso no se da con palabras

Este texto no concluye con una enseñanza.

Concluye con una invitación silenciosa.

A dejar de buscar una explicación definitiva.

A permitir que todo lo aprendido cumpla su función y se retire.

A aceptar que la verdad no necesita ser entendida.

Solo vista.

Y cuando eso ocurre, no hay nada más que decir.

INSTAGRAM FEED

@idplantae